Con la desaparición del contacto con la tierra como nuestra mayor benefactora y fuente de provisiones, ha desaparecido el muy sereno oficio de alfarero. Consecuentemente, la más artística expresión de su trabajo, el más curioso y logrado recipiente ad bibendum jamás concebido, el ilustre botijo, está tocando a su fín.
Y con él, su primo hermano el porrón folclórico y tabernario.
Se extingue el elegante e higiénico y saludable estilo de beber a guilrre.
Esta disciplina consiste en abandonarse a la glotis como ama y señora de la conducción del líquido hasta las entrañas para que uno pueda sólo dedicarse a experimentar el alivio y refrigerio que causaba el agua en su precipitación alegre y trotona por nuestra boca, chocando con dientes,muelas, huecos, lengua, campanilla, glotis, epiglotis y padentros.
Mientras tanto, (adviértase la imagen), se compone uno brazo en jarras, una pierna tensa anclada en la cadera, elevando glúteo, y la otra flexionada, con su pie apenas tocando el suelo aparentando liviandad para así poder lucir al tiempo habilidad y resistencia, manteniendo el chilrre largo rato (en otros casos el líquido elemento sería un vinarro de pitarra del año treinta) y jugueteando con los sonidos emitidos por el chorro en nuestras bocas cual fuentecilla de cupido con alpargatas.
Hoy, desagraciadamente, los jóvenen ya no aprenden esta milenaria suerte de beber, y el chorro va a ser de inmediato sustituido por pajillas plasticosas con que perfeccionar el estentóreo y horrible defecto del sorber, cosa que, como todo el mundo sabe, no debe hacerse nunca en la mesa.


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